VII. Hegel sobre lo defectuoso y lo sustancial

Cuando estudiaba el último año de la carrera de Filosofía, una de las asignaturas más formativas y fundamentales versaba sobre Martin Heidegger, que es un pensador clave del siglo XX. Le pregunté a mi profesor, don Pedro Cerezo Galán, que es una eminencia en la materia, si consideraba que Heidegger era más relevante que Hegel, que es otro clásico de la historia de la filosofía, y, tras pensarlo un instante, respondió con claridad que no. A partir de ese momento se quedó instalada en mi mente la intención de estudiar a Hegel (1770-1831) con cierto detenimiento, más del que proporcionan los libros de texto que hasta ese momento había usado, por buenos que fueran, y eso ha sido algo que he intentado llevar a cabo en algunas ocasiones a lo largo del tiempo, desde la época ya distante de la universidad. De esa manera me he acercado un par de veces a la lectura de la Fenomenología del espíritu, que es seguramente por donde habría que comenzar, mas solo para llegar en ambas ocasiones a la altura más o menos de la página 111 perdido y obligado a tener que abandonar el empeño con frustración.

Con el tiempo he encontrado valoraciones contrarias sobre la obra de Hegel por parte de intelectuales importantes de nuestro entorno cultural, de las que mencionaré solo dos. Uno es el argentino Mario Bunge, experto en filosofía de la ciencia y otras disciplinas afines, que ha declarado más de una vez que el peor error que ha cometido, en materia filosófica, es haberle dedicado dos o tres años de su vida, que es bien larga, a leer a Hegel. Otro es Antonio Escohotado, que en cierta ocasión contaba que Hegel es el filósofo más importante en su evolución intelectual, entre otras razones porque considera que es el único que decía las cosas con una hondura parecida a la que tiene la vida, y a ello añadía que, si bien en sus libros hay muchísimas partes áridas y pesadas, también nos encontramos con páginas inigualables.

Pues bien, el objetivo de este trabajo es mostrarle al lector una de esas páginas con la esperanza de que su calidad e importancia se imponga por sí misma. Cuenta Hegel en la Introducción General de sus Lecciones sobre la filosofía de la historia universal, obra que se publicó póstumamente a partir de sus notas de clase y de las de sus alumnos en la Universidad de Berlín, que en el estudio de la historia —sobre la que poco antes ha dicho que en ella caminamos entre las ruinas de lo egregio— nos encontramos con muchos acontecimientos que son injustos, y por tanto indignos, mezquinos e inicuos, y entonces se detiene un momento, como de pasada, para señalar que “nada es más fácil que censurar, sentar plaza de sabio” .

En efecto, es más fácil descubrir los defectos que el verdadero contenido de las cosas y, a mayor abundamiento, “la censura negativa nos coloca en posición elegante y permite un gesto de superioridad sobre las cosas, sin haber penetrado en ellas, esto es, sin haber comprendido lo que tienen de positivo”. Agrega que dicha censura puede estar ciertamente fundada, pero que “es mucho más fácil descubrir lo defectuoso que lo sustancial (por ejemplo, en las obras de arte)”. Y concluye que es una señal máxima de superficialidad ver por doquier lo malo, sin fijarse en lo positivo y auténtico.

En este ámbito del arte, un ejemplo muy visual puede hallarse en el célebre cuadro El nacimiento de Venus  de Sandro Botticelli, que tan ligado se halla a esta sección sobre las Humanidades en la que tengo la suerte de colaborar. En esta pintura observamos un detalle extraño, el cuello y el hombro de la diosa Venus, que no se ajustan a las proporciones naturales. Fijarse en eso, que por otro lado no es producto de un error sino una decisión deliberada del artista en función de ciertos principios estéticos (donde intervienen hasta los ideales platónicos, que Marsilio Ficino había importado por entonces en Florencia),y hacerlo además dentro de una obra tan rica y compleja formal y simbólicamente, es un ejemplo paradigmático de esa idea hegeliana de que es más fácil señalar lo defectuoso que lo sustancial. Para lo primero basta con fijarse un poco en ese detalle o que alguien nos lo señale con el dedo; para lo segundo, además de tener sensibilidad, hay que estudiar bien la obra y tener conocimientos sobre mitología clásica, el Renacimiento, el Humanismo y por supuesto la pintura de Botticelli.

El propio Hegel cuenta con una ironía demoledora, unas páginas más delante de las Lecciones, al hablar de un tema que le es muy caro—el del hombre grande y su papel en la historia—, que qué maestro no ha probado ampliamente en sus clases qué ambiciosos han sido figuras como Alejandro Magno y César, y, por tanto, por qué principios tan poco morales se han movido, de lo cual se supone que se sigue, por contraposición, que dicho maestro, al ser ajeno a esas ambiciones, es mejor que Alejandro y César, como lo prueba el hecho de que no ha conquistado ni Asia ni la Galia (esta es la parte demoledora de la ironía).

Por tanto, para ver los errores se necesita poco, a veces muy poco, pero para captar lo importante se precisa mucha más preparación: en los asuntos cotidianos, mucho recorrido vital; en las cuestiones profesionales, mucha formación, puede que la de todo un experto.Por eso suele ocurrir con cierta frecuencia que el que sabe mucho hable con más cautela que el que vive en la ignorancia.

En fin, cierro esta visita a las páginas de Hegel con varias conclusiones. Espero que la distinción de la que hemos hablado le sirva al lector y se imponga con toda su fuerza, pues es muy útil y a menudo las circunstancias sociales, culturales e incluso educativas tienden a desdibujarla. Retengo la importancia que tenían las palabras de mi maestro Pedro Cerezo y del tiempo por antonomasia en que las palabras de los maestros son vitalmente importantes, que es el tiempo de la juventud.Retengo también la idea de que Hegel es un autor controvertido, complejo y difícil, pues no quiero inducir a equívocos sobre esto.Conservo la intención de volver por pundonor a intentar leer la Fenomenología del espíritu (que tampoco es la Ciencia de la lógica), aunque ya no me resulte tan apremiante,porque he aprendido tanto en las Lecciones sobre la filosofía de la historia universal, que puedo decir que me parece que estudiar filosofía, sobre todo desde una perspectiva de lo que a veces se denomina desde la otra orilla filosofía continental, sin estudiar a Hegel, viene a ser como viajar por Francia sin visitar París o estudiar historia del arte y prescindir del Renacimiento.

 

Francisco Javier Gea Izquierdo

I E S Figueras Pacheco (Alicante)