VI. EL BELÉN

Cuando se acerca la Navidad es recurrente en nuestras casas y en numerosos lugares públicos la presencia de un belén. Un belén es una representación viva o figurada del nacimiento de Jesús. La tradición sitúa su comienzo cuando Francisco de Asís (ca. 1181-1226) al llegar la Navidad de 1223 en la pequeña población italiana de Greccio, quiso reproducir la humildad y pobreza del nacimiento de Jesús (Lc 2,1ss. – Mt 2,1ss.) en una cueva del lugar con la ayuda de los vecinos, para mostrar a ojos de todos el misterio ocurrido en Belén (Thomae de Celano, Vita prima S. Francisci Confessoris X, 84: Volo enim illius Pueri memoriam agere qui in Bethlehem natus est et infantilium necessitatum eius incommoda, quomodo in praesepio reclinatus et quomodo astante bove atque asino super foenum positus extitit utcumque corporeis oculis pervidere). Con el tiempo los otros acontecimientos precedentes y consecuentes que conforman el relato de la infancia de Jesús irán ampliando la representación de las escenas de la natividad de Jesús en el pesebre. A su vez el relato evangélico conforme a la Escritura (Is 1,3; Hab 3,2 y Ex 25,18-20) se enriqueció con la presencia de un buey y un asno en el pesebre, pues son «como una representación de la humanidad de por sí desprovista de entendimiento, pero que ante el Niño, ante la humilde aparición de Dios en el establo, llega al conocimiento y, en la pobreza de este nacimiento, recibe la epifanía, que ahora enseña a todos a ver» el misterio oculto en la noche de Belén (Ratzinger, J.,Benedicto XVI (2012)La infancia de Jesús, 76). No faltarán también en el belén personajes que se acercan alegres y curiosos o reniegan de la presencia del Niño Jesús: Los humildes pastores, los primeros a quienes se anuncia e invita por ángeles a acoger con alegría el nacimiento del Salvador de los hombres: Gloria in altissimis Deo et in terra pax in hominibus bonae voluntatis (Lc 2,14); el cruel Herodes que rechaza al Salvador (Mt 2,1 ss.); o los magos que llegan a Belén para adorar al rey nacido (Mt 2,2) y son ocasión de epifanía del Salvador a los pueblos gentiles y a quienes la tradición ha unido a la profecía del salmo 72,10, por lo que les denominamos «Reyes Magos».

El belén recrea en su núcleo la mayor alegría, el nacimiento de una vida humana en el seno familiar formado por Jesús, su madre la Virgen María y José, pero pide al espectador una mirada más profunda que sea capaz de captar el sentido de lo representado, pues contiene en su sencillez toda la pretensión de la fe cristiana: Dios ha nacido, en la plenitudo temporis (Ga 4,4) Dios ha entrado en la historia humana tomando la condición de hombre en Jesús. El nombre propio «Belén» se interpreta etimológicamente como «casa del pan» porque allí los ojos que miran con fe encuentran el alimento del amor y la verdad en el que dirá: «Yo soy el pan que da vida, el que bajó del cielo» (Jn 6,51) (Gregorius Magnus,  Hom. VIII, PL 76: col. 1104). De modo semejante en estos días el árbol de Navidad -otro clásico- con su color verde nos recuerda que el que nace es la vida que no muere, es el Oriens ex alto (Lc 1,78) que derrama esperanza y amor al mundo.

El belén o bien se ha adaptado al gusto artístico de toda época y lugar actualizándose para acercar lo ocurrido a la vida de los que lo contemplan, o bien ha imitado con fidelidad un pasado arquetípico, o combina ambas tendencias. Por ello en el belén lo moderno y lo antiguo tienen cabida, y no importa la presencia de anacronismos (en el vestuario, decorado o personajes representados) pues «en su simplicidad el pesebre transmite la esperanza» del hombre en un Dios φιλάνθρωπος, amigo del hombre, que nace como uno de nosotros (Francisco, Audiencia 21-12-2016).

En la época de Augusto se creía que con el nuevo orden todo había de cambiar y que habría un especie de retorno al paraíso, se vivía en la esperanza de la llegada de un mundo nuevo (Ratzinger, ibidem, 67). Este nuevo orden sería la última edad de los hombres que auguró el vate: Iam redit et Virgo, redeunt Saturnia regna (Vergilius, Egloga IV, 6). Así de modo maravilloso en el belén la Antigüedad y la Escritura se dan la mano para que no olvidemos al Dios, que siendo el Amor (1 Jn 4, 8) nace y todo lo puede: Omnia vincit Amor (Vergilius, Egloga X, 6).

Con mi agradecimiento a la profesora Mª Ángeles López Felipe por la oportunidad que me ha brindado, espero que estas líneas contribuyan a un mejor aprecio de este clásico de la Navidad. ¡Feliz Navidad!

 

José Francisco García Juan

                Vicario de la Concatedral de San Nicolás de Alicante